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Derriban las pantallas y se iluminan los escenarios

Ni todos los flashes, ni todas las alfombras rojas ni todo el pretendido glamour del cine pueden ocultar la profunda crisis que vive esta industria cultural en nuestro país. Tras años de bonanza en los que las subvenciones bullían a favor de productores con más sensibilidad económica que artística, el sector se encuentra a día de hoy en una difícil situación dejando en jaque como siempre al más débil.

Madrid, nudo cultural de España, se muestra como el máximo exponente de este declive. Lo que años atrás era una Gran Vía repleta de salas con sabor a cinematógrafo hoy se muestra como un desierto para el séptimo arte… Ya no están los Cines Rex, tampoco brilla ya el cartel del Real Cinema, nadie se sienta a ver películas en las salas de los Cines Madrid y la cosa sigue: los Cines Azul pasaron de ofrecer las vanguardias a ofrecer hamburguesas (ahora es un bar de comida rápida), misma suerte corrió el Novedades. El Cine Fuencarral fue derribado para hacer pisos, el mítico Cine Avenida o el Imperial son ahora centros comerciales y el Pompeya en lugar de películas sirve cafés. Cierres, cierres y más cierres que han dejado un panorama desolador pero que algunos se niegan a aceptar. Una horda de valientes llevan años tomando el relevo e iluminando los carteles de la capital. Productores teatrales, compañías, personas que arriesgan todo lo que tienen y no tienen por coger el testigo y seguir ofreciendo historias pero lejos de los despachos. Los teatros como salvación de la oferta cultural. El último ejemplo lo encontramos en una esquinita de Gran Vía. Concretamente en la confluencia con calle San Bernardo. Allí durante años se alzaron los Cines Arlequín y como ejemplo de lo que ya hemos comprobado vinieron los de la farándula y lo salvaron transformando la pantalla en escenario. Tras años de dificultades ha sido otra compañía teatral, Jamming, la que ha salvado el espacio que ahora recibe al público bajo el nombre de Teatro La Strada Gran Via. No es el único caso, La ruina de los Cines Luna convertirá el espacio en Teatro Luna, las proyecciones del Amaya se convirtieron hace años en las funciones del Amaya y las películas que se proyectaban en los Cines Lope de Vega ahora se representan con actores de carne y hueso en el Teatro Lope de Vega. Los Cines Gran Vía, son ahora el Compac Gran Vía, el Rialto también cambió a teatro y, por suerte, el Palacio de la música, se salvará supuestamente para acoger obras y conciertos.  Los Ejemplos los encontramos a decenas en Madrid: EL Teatro Maravillas supo reinventarse, el Teatro Nuevo Alcalá funciona gracias a la escena, aparecen nuevas y excitantes salas de teatro alternativo y micro-teatro. Incluso en estos tiempos de crisis algunos “locos geniales” deciden convertir concesionarios de coches en Teatros, para gusto de Quevedo. Sin desdeñar apuestas públicas de gran calado como los imponentes Teatros del Canal o la Sala Abadía.

Una industria floreciente a la que no le faltan amenazas. A los ya consabidos recortes, IVAS, y RE IVAS, ahora no son pocos los que sienten la tentación de darle un mordisco al pastel que se encuentran sobre las tablas. Empresarios de la construcción, editoriales, e incluso aquellos oscuros productores de cine que dejaron tras de sí un reguero de salas vacías y empresas en quiebra, se lanzan ahora a producir con pocos reparos y mala gestión espectáculos teatrales. Si un día fueron capaces de apagar los proyectores esperemos que no terminen destruyendo  los focos.

ÁNGEL GALÁN